¿Cuáles son los diferentes tipos de vinos?

Última actualización: 28.11.20

 

La variedad que tenemos a nuestro alcance en el mercado es considerable. Basta con acudir a cualquier centro comercial y ver la gran cantidad de tipos de vino que tenemos a nuestro alcance. Por suerte, existe ya una clasificación, en la que conocer las clases de vinos que puedes disfrutar hoy día.

 

Vinos blancos, tintos, afrutados, viejos, jóvenes, dulces, secos… los tipos de sabores y la gran cantidad de clases de variantes existentes hoy día es considerable. Algo que hace difícil reconocer estos productos. Por suerte, hoy tenemos a nuestro alcance una clasificación de vinos más o menos estandarizada y debidamente aceptada, de modo que los diferentes tipos de vinos españoles se organizan de forma adecuada y hacen más fácil el proceso de reconocer los mismos por sus principales características.

Para que a ti te sea más fácil entender los diferentes productos que puedes encontrar en cualquier comparador de vinos, te dejamos en detalle esta completa clasificación, que hoy día sirve de estándar al respecto. Un listado donde se tienen en cuenta las diferentes cepas de vino utilizadas, así como los procesos de maduración y procesamiento, que tienen como resultado diferentes sabores, procedentes de las  uvas para vinos que se emplean en el proceso. Datos que te ayudan a entender mejor tanto las características propias del vino como el maridaje y su significado.

 

Vinos blancos

El primer segmento que vamos a analizar es el de los tipos de vino blanco (pulsando este enlace puedes encontrar algunas opciones de compra) que podemos encontrar en el mercado. Podemos empezar hablando de los más ligeros y secos, de poca maduración, ácidos y sin cuerpo, que no suelen pasar por barriles o similares. Justo lo contrario de los vinos secos y amplios, de mayo cuerpo y que pueden envejecer en barrica o botella. Unos caldos secos, en la teoría, pero que pueden tener un punto de dulzor. Finalmente, tendríamos los vinos blancos secos y concentrados, añejados en barrica y botella y que equivalen a los blancos más duros.

Por otra parte, dentro de los blancos, tenemos los vinos aromáticos, destacados por sus aromas y que pueden ser secos o semisecos. Hablamos de vinos afrutados y más agradables en boca que los vinos más viejos, en los que buena parte del azúcar ya se ha convertido en alcohol. El último grupo dentro de los vinos blancos son los dulces y licorosos, intensamente concentrados tanto en cuerpo como en sabores. 

 

Vinos tintos y rosados

El segundo grupo, el más numeroso, es el que forman los vinos tintos y rosados. Recordemos que ambos proceden de las mismas uvas, aunque en el caso de los rosados se emplean diferentes métodos para darle ese color tan particular al vino, ya sea mediante hollejos, sangrado o por mezcla de los caldos de base.

Precisamente los rosados son los primeros productos que encontramos en este apartado. Hablamos de vinos jóvenes, que no son adecuados para envejecer y que se diferencian entre sí mediante un mayor o menor nivel de dulzor. Dentro de este apartado, podemos encontrar los rosados convencionales y los claretes. Este último incluye una mezcla de uva tinta y uva blanca, a diferencia del rosado más tradicional, cuya elaboración ya hemos comentado antes.

En lo que respecta a los tipos de vino tinto puros, empezaríamos mencionando los tintos ligeros o no envejecidos. Aunque en general los tintos suelen ser vinos más bien duros, también tenemos alternativas jóvenes, a la manera de los blancos de poca maduración. Son caldos suaves, realizados con uvas no especialmente intensas en sabores y que además no han pasado apenas por proceso alguno de envejecimiento. El resultado son vinos ligeros y bajos en taninos, mucho más suaves que los más potentes y robustos.

En la parte central de este segmento, tenemos los vinos de cuerpo medio, donde se acumulan la mayor parte de los productos que encontramos en el mercado. Digamos que es la propuesta más habitual a la hora de comprar tintos, contando con una amplia variedad de productos y opciones. Aunque, en general, son vinos de calidad media, también es posible encontrar algunos caldos interesantes y de calidad superior en este segmento. Más duros son los vinos concentrados, elaborados con un planteamiento muy intenso, una elevada concentración de taninos y un aroma fuerte y potente.

La gama premium de los tintos comienza con los vinos de guarda. Son los caldos propios de las regiones clásicas, reconocidas por su alta calidad, así como las cosechas de las regiones secundarias pero que destacan por su envejecimiento cuidado, generalmente en botella. Sí es importante que este vino se encuentre en un punto óptimo de maduración para su consumo, pues si el mismo se pasa de fecha el caldo entra en su fase de declive, arruinando así el trabajo de muchos años.

Por cierto, aunque no es lo habitual, últimamente el mercado está apostando por el vino tinto dulce, con toques más suaves y afrutados a los que generalmente disfrutaremos en condiciones normales y con los productos más clásicos. Algo parecido ocurre con el vino negro. Este presenta las tonalidades tradicionales del tinto, pero con una color mucho más oscuro. El resultado es un vino opaco y que prácticamente impide ver a su trasluz. Una buena alternativa para disfrutar de sabores aún más intensos.

Vinos espumosos

Estos vinos son habituales en todo tipo de celebraciones y su consumo no suele ser tan frecuente, frente al uso más cotidiano de los blancos y tintos que venimos comentando. También tienen una clasificación más sencilla respecto de las variedades existentes.

En esta clasificación, tenemos los vinos ligeros y afrutados, que cuentan con una amplia variedad entre calidad y estilo del producto final. Entre las referencias más destacadas de estos caldos, tenemos el cava español o el Prosecco italiano. Más potentes suelen ser los vinos de corte intenso, donde el rey es el champagne francés. Un producto que se puede presentar en diferentes intensidades y variedades como el seco, semiseco y otras propuestas similares, en las que la principal diferencia es el nivel de azúcar presente en el vino.

Finalmente, tenemos que hablar de los vinos más ligeros y aromáticos. Productos con un agradable sabor a frutas y un nivel de dulzor elevado, acompañado de un grado alcohólico no muy elevado. Un planteamiento donde el Lambrusco se ha convertido en una de las referencias de esta categoría.

 

Vinos dulces y especiales

El último grupo lo forman una serie de vinos que, por descarte, no acaban de encajar dentro de los que hemos planteado anteriormente. Así que no existe una especial uniformidad dentro del origen y características propias de cada producto.

Para empezar, podemos hablar de los vinos que cuentan con una fermentación parcial, entre los que la referencia más habitual es el Oporto. Este se elabora con la cepa de Oporto mediante un proceso de fermentación incompleta. El producto final se completa con una adición de alcohol procedente de otros orígenes, a fin de darle al producto el grado alcohólico correspondiente. No son de las opciones más conocidas más allá de esta variante concreta.

Más famosos en España resultan los vinos generosos, que ya de por sí tienen un nivel fuerte y denso, pero también cuentan con una adición de alcohol, con la que incrementar el grado. Entre los ejemplos de estos vinos, tenemos la Manzanilla o el Fino de Jerez, reconocidos por su intensidad y unas agradables sensaciones en boca.

Diferentes a todos los vinos que hemos comentado son las mistelas. Un producto que, aunque se suele ligar a este mundo, lo cierto es que son mezclas de mosto con alcohol. La preparación es similar a la de algunos licores y tiene la ventaja de mantener el sabor de la fruta con la que se prepara el mosto, generando en paralelo un grado alcohólico adecuado para el tipo de vino correspondiente. Entre estos productos, se encuentra el Moscatel que, gracias a este planteamiento, se puede presentar en diferentes grados alcohólicos y con sabores variables, conforme al origen de la uva y sus sabores.

Tampoco resultan muy tradicionales los vinos pasificados o tostados. Estos productos no se elaboran con uvas convencionales al uso, sino que para su elaboración se utilizan uvas pasas. Las mismas se obtienen mediante un proceso de deshidratación de la uva, lo que genera un incremento de la concentración de azúcar y una pérdida de la cantidad de agua presente en el fruto. Obviamente, este tratamiento impide la fermentación, por lo que el proceso de elaboración se realiza mediante la adición de alcoholes vínicos, macerándose esas pasas en el alcohol correspondiente.

El tiempo de maduración

Con todo lo que hemos comentado tendríamos datos suficientes para clasificar los vinos respecto de su origen y forma de preparación. Sin embargo, hay un segundo criterio con el que clasificar los vinos: el tiempo de maduración del caldo. Una referencia que, en muchos casos, corre paralela a los productos que venimos comentando pero que también nos sirve de referencia para clasificar los diferentes tipos de vino que podemos encontrar en el mercado.

Aunque los tiempos son variables, lo cierto es que sí existen cuatro grupos principales de productos respecto de este parámetro. Empezando por los vinos que no pasan por este proceso de maduración, tendríamos los vinos jóvenes. Unos caldos que no suelen desarrollar sabores muy intensos y que tampoco pierden el toque afrutado de la uva, cuando se trata de disfrutar de su sabor.

El siguiente grupo lo forman los vinos de crianza, que cuentan con un periodo de envejecimiento de al menos 24 meses para los tintos y 18 meses para los blancos y rosados. De este periodo, al menos 6 de esos meses deben transcurrir en barricas, con una capacidad máxima de 330 litros. Un proceso que desarrolla parte de los sabores de la uva y que también aporta matices de la madera en la que se elabora esa barrica.

En cuanto a los vinos de reserva, los tiempos se amplían de forma considerable. En el caso de los tintos, estos deben pasar al menos 36 meses envejeciendo con al menos 12 meses de permanencia en barrica. En cuanto a los vinos blancos y rosados, el período total de envejecimiento se extiende durante 24 meses, de los que seis de estos deben pasarse en barrica.

Finalmente, es momento de hablar de los vinos de Gran Reserva, los que más tiempo tienen que esperar antes de acabar en una botella. Para estos caldos, el periodo de maduración establecido es de 60 meses para los tintos y 48 meses para los vinos rosados y blancos. De este periodo, es necesario que pasen en barrica al menos 18 meses para los tintos y 6 meses para los rosados y blancos. Un periodo prolongado y que sirve para un pleno desarrollo de todos los sabores del vino.

 

Según el origen

Como último aspecto con el que clasificar el vino es necesario hablar de su origen y planteamiento. Una calificación en la que encontramos términos que nos resultan ya conocidos y que también marcan la calidad del producto.

Los vinos de peor calidad y más simples son los llamados vinos de mesa. Es el típico vino de cartón de precio ajustado y para uso diario. Su legislación es muy laxa, aunque sí hay algunas regulaciones respecto de su grado y características.

Más exigentes son los vinos de calidad regionales, que cuentan con reglamentos propios y que establecen sus características técnicas. Dentro de este apartado, encontramos tres grupos principales: los vinos de indicación geográfica protegida o G.P, los de denominación de origen y los de denominación de origen certificada. Unos caldos que ya tienen una serie de parámetros determinados en su preparación y elaboración.

El culmen de esta categoría serían los llamados vinos de pago. Estos productos cuentan con unas propiedades edáficas específicas, marcadas tanto por el microclima propio de la zona como por la composición del terreno. Dado que son estos parámetros los que establecen las características del vino, es clave que se cumplan las mismas desde la plantación de la planta hasta el propio proceso de envejecimiento.

 

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