La importancia de la etiqueta de vino

Última actualización: 21.06.21

 

A medida que los hábitos de consumo van cambiando, también lo hacen los productos. En este sentido, los consumidores prestan cada vez más atención a las etiquetas, ya que el consumidor moderno se preocupa más de comprender lo que consume, por lo que las bodegas han sabido adaptarse vistiendo sus botellas para que muestren toda la información necesaria.

 

Los mejores vinos se distinguen por la calidad y el cuidado que los enólogos prestan a todos los detalles, desde el día en que se recogen las uvas, al tipo de corcho que se emplea para el embotellado, pero también en la calidad y el diseño de las etiquetas de vino, que se han convertido en la mejor seña de identidad de las bodegas.

En este sentido, los expertos en marketing enológico señalan que las etiquetas son como la carta de presentación para las bodegas, así como una garantía para la calidad del vino que comercializan. En este sentido, este elemento es el primero en el que se fijan los consumidores y, en muchas ocasiones, es la única fuente de información de la que disponen a la hora de escoger entre una de las muchas botellas que pueblan los estantes para vinos de los supermercados.

Las bodegas saben que este elemento es su mejor arma para llamar la atención del consumidor y para dar a conocer su producto. Así pues, los diseñadores deben cuidar hasta el último detalle, creando un aspecto acorde con lo que la marca busca transmitir. Por este motivo es posible encontrar etiquetas de un solo color, con fondo minimalista, que muestra una marca joven y creativa, pero también otras con aspecto de papel envejecido, que transmiten experiencia y cierta sensación de elegancia.

¿Cómo deben ser las etiquetas para botellas de vino?

En primer lugar, el tamaño para etiqueta de vino debe ser el más adecuado para el de la botella, pero también para que contenga toda la información básica del producto, como es el nombre de la bodega y del vino, el logotipo de la marca, el tipo de vino y la variedad de uva, su graduación y el contenido.

La contraetiqueta, que es la que se encuentra en la parte opuesta, es utilizada por las bodegas para ampliar la información, así como para ofrecer detalles que llamen la atención al consumidor. En esta parte es habitual encontrar un pequeño resumen con los datos de cata del vino, los datos del elaborador, el maridaje y, en algunas ocasiones, una breve historia sobre la reserva y la marca, así como la identificación y las características de la variedad de uva seleccionada.

Toda esta información es necesaria para los consumidores, ya que, a no ser que se trate de enólogos experimentados, será la única de la que se valdrán para escoger un vino. En este sentido, los usuarios con menos conocimientos sobre el vino, buscarán en estas etiquetas elementos que les puedan resultar familiares, con los que tener una referencia sobre la calidad del producto. Por ejemplo, un comprador puede buscar vinos Ribera del Duero porque ha leído que se trata de una D.O de gran calidad.

Por otro lado, los aficionados a la enología utilizarán la información de las etiquetas para tomar decisiones, buscando vinos de cierto año, de una variedad de uva concreta, de una Denominación de Origen determinada o que hayan sido elaborados por determinado enólogo. 

El diseño de las etiquetas de vino

Sea como sea, todos los usuarios se verán atraídos por etiquetas de vino originales y vistosas. En este sentido, la estética de la botella va más allá de la etiqueta, ya que también se debe tener en cuenta todo su “vestido” del que forman parte la contraetiqueta, el collarín y, en algunos casos, también las cajas en las que se presenta el producto.

Las etiquetas son la evolución de los antiguos sellos, cintas y lacres con los que se identificaban las barricas y las ánforas de vino. Las primeras etiquetas se elaboraban con pequeños trozos de pergamino, cuero o piel llamados “marbetes” que se colgaban en el cuello de la botella y mostraban, escrito de puño y letra por el bodeguero, el año de la cosecha y el nombre del propietario de la bodega.

Las primeras etiquetas modernas aparecieron en 1796 y fueron obra de Aloys Senefelder, quien empezó a utilizar pedazos de papel pegados a la botella. A partir de entonces, se empezaron a introducir técnicas de color y serigrafía para su elaboración.

Gracias a la introducción de las etiquetas de papel, estas suelen dejar patentes los gustos gráficos de cada época, así es posible encontrar etiquetas con un fondo llamativo, minimalista y hasta modernista, siendo costumbre a mediados del siglo XX crear etiquetas impresionantes, que más parecían obras de arte que simples etiquetas. Con la evolución de las técnicas litográficas, también es posible encontrar etiquetas de vino personalizadas en las que se pueden escribir mensajes para el consumidor.

Después de la Segunda Guerra Mundial, con la aparición de diversos organismos controladores, protectores de derechos de imagen y reguladores de las Denominación de Origen, las etiquetas también deben cumplir con estándares legales para poder comercializarse. Estas normas sirven para orientar a los productores sobre la información mínima que deben contener las etiquetas y que varía en función del país en el que se producen.

En este sentido, también cada país mantiene una línea de diseño propia de los gustos de sus consumidores. En Francia, por ejemplo, las etiquetas mantienen diseños y tipografías elegantes, mientras que en Italia suelen tener fondos claros y tipografías claras y suaves. España, en cambio, no tiene una línea de diseño, sino que cada bodega sigue una corriente gráfica acorde a los valores que transmite su marca.

Actualmente, los diseñadores utilizan los programas de diseño gráfico más avanzado, gracias a los mejores ordenadores gaming, con procesadores muy potentes, con los que elaboran etiquetas con personalidad propia, que permiten a los consumidores distinguir los vinos y encontrar toda la información que necesitan.

 

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